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lunes, 13 de julio de 2020 - 16:31 h

De las "Tribus de Israel" a la hermandad de la Pollinita de Cabra

Nuestro Padre Jesús Caído

Una gran reforma de la ermita de San Juan en el siglo XVII

07.06.20 - Escrito por: Antonio Moreno Hurtado

La ermita de San Juan Bautista ha necesitado frecuentes reformas de consolidación, a lo largo de casi cinco siglos, debido a la escasa calidad de los materiales usados en su construcción. Triste destino, por otro lado bastante frecuente, para la conocida como arquitectura popular.

Nada queda de una supuesta ermita medieval dominando el cerro frontero a la Villa Vieja, un barrio de arrabal con su propia línea de murallas, que se unía a la ladera sur de la Villa por la Puerta de Lucena y al castillo de los condes de Cabra junto al arroyo de la Tejera, donde luego se iba a construir la Puerta de Córdoba.

Una segunda muralla que bordeaba la Madre Vieja del río, cruzaba por la acera inferior de las calles de la Fuente de San Juan, don Diego Avís (hoy Alcalá Galiano), Herrerías (hoy Cervantes) y entraba por el Albaicín para bajar junto al molino de los condes y puente de la Tejera.

En la segunda mitad del siglo XVII, una vez más, la ermita de San Juan Bautista amenaza ruina y sus responsables deciden tomar ciertas medidas de conservación y mejora.

La ermita de San Juan, como la de la Sierra, disfrutaban el privilegio de tener su propia Obra y Fábrica, es decir, un órgano interno de administración de los bienes específicos del templo, con independencia de las cofradías que pudieran existir en su seno.

Estas ermitas tenían bienes propios y funcionaban, en términos económicos, con cierta independencia de la iglesia mayor. Era el obispo de la diócesis quien nombraba a su Obrero o Mayordomo de la Fábrica, que podía ser clérigo o seglar.

Este Obrero administraba los bienes de la ermita y se encargaba de llevar a cabo las necesarias obras de conservación de la misma. Tenía poder del obispo para comprar, vender, trocar, otorgar escrituras y promover actuaciones legales, si fueran necesarias.

Esta administración se reflejaba en las llamadas Cuentas de Fábrica, que recibían, con regularidad, la visita o inspección del obispo o de algún representante suyo, que solía recibir el título de Visitador.

En el caso concreto de la ermita de San Juan, las cofradías de San Juan y de la Vera Cruz, unas veces separadas y otras unidas en una sola, solamente tenían la obligación de mantener sus capillas, altares, imágenes y pertrechos, así como sus cultos específicos.

En cuanto a la ermita de Santa Ana, con una hermandad que pronto se unió a la de la Soledad, el mantenimiento de la misma dependía exclusivamente de las donaciones de los fieles, que pronto se orientaron hacia la cofradía, con lo que ésta tuvo que asumir, casi desde el principio, los gastos de rehabilitación y mejora del edificio. Lo que hoy cierta moda progre se empeña en llamar "poner en valor", un extranjerismo innecesario, dada la riqueza de nuestro idioma para definir este tipo de situaciones. De ahí que, en puridad, la titulación que merecería hoy el templo sería el de ermita o iglesia de la Soledad.

Decíamos que, a finales del año 1670, se plantea de nuevo el problema de reconstruir gran parte de la ermita de San Juan Bautista.

Como era preceptivo, esto obligaba a hacer un proyecto o traza de la obra a realizar, con detalles técnicos y económicos, antes de proceder a la almoneda pública del contrato, que podía durar varios meses, si no surgían pronto postores interesados.

Cumplido este requisito, el día 1 de abril de 1671, ante el escribano Juan Salvador del Moral, la Obra y Fábrica de la iglesia de Señor San Juan y Francisco Pérez Romo, maestro de albañilería, otorgan una importante escritura de compromiso. Se trata de hacer una gran obra de reforma y refuerzo de los elementos fundamentales del templo.

En nombre de Obra y Fábrica interviene su Obrero y Mayordomo, el licenciado don Juan Francisco Gómez Seto, presbítero, que años después sería el alma de la fundación del convento de monjas agustinas de Cabra.

Como decíamos, previamente se han hecho los pregones y se había ofertado la obra en almoneda pública.

Se ha rematado en favor de Romo, que se obliga a hacer la obra bajo las siguientes condiciones.

1ª. Hacer "una pared desde las casas del licenciado Villarejo hasta la esquina". "El fundamento de bara y media de ancho y dos de jondo, midiendo desde las gradillas abajo. Y desde allí arriba ha de tener una bara de ancho hasta el texado y todo a de ser de mampostería. Y en la mitad se a de hacer un verdugado de ladrillo que pase toda la pared"
"2ª. A de hazer una portada de ladrillo con su cornisa en la puerta principal. Y las pilastras an de ser de piedra labrada. Y en la parte del testero se a de hacer una esquina de ladrillo. Y el maestro que ubiere de hacer la dicha obra, la a de hacer a toda costa, puniendo todos los materiales que fueren menester. Y la mezcla se a de mezclar un mes antes que se comience la dicha obra, aguándola y puniéndola de forma que quede a propósito para la fábrica de la dicha obra".
"3ª. Y por la parte de adentro de la portada se a de hacer un arco de ladrillo. Y lo que fuere necesario para la portada a de ser de ladrillo cortado y enjuto."
"4ª. Y el maestro que se encargue de hacer la dicha obra a de acabarla de todo punto, dejándola a satisfazión del obrero de dicha iglesia, el licenciado don Juan Francisco Gómez Seto, dentro del tiempo que se ajustare con dicho obrero. Y por la costa, trabajo y materiales que a de poner el tal maestro, sin que la parte de la iglesia ponga cosa alguna, se le an de dar ducientos ducados, según y en la forma que se ajuste. Y se an de dar fianzas."
"Y las lunbres que ubiere en el texado de dicha iglesia, asi mismo a de hacer a satisfazión del dicho obrero y mayordomo, pagándole a siete reales menos quartillo por cada una. Esto [a]demás de los ducientos ducados, que se le an de dar los materiales necesarios para las dichas lunbres. Y dándoselas cortadas y enlabradas y derribado. Y la dicha obra se a de comenzar en el mes de mayo del año que viene de mil y seiscientos y setenta y uno. Y si antes fuere conveniente y se conformaren el dicho Francisco Pérez Romo y dicho obrero, que se empieze a hacer y fabricar dicha obra, se a de comenzar. Y comenzada no a de alzar mano el dicho Francisco Pérez hasta dejarla acabada a satisfazión del dicho obrero a vista de maestros que lo entiendan y declaren como hecha y fabricada conforme a las condiciones"
"Y por quanto aviendo hecho postura en la dicha obra, en la forma y por los precios y cantidades referidas, con las dichas condiciones y le a sido [rematada], cuyo remate se le a fecho por voz de pregonero en la plaça pública desta billa, que el dicho Francisco Pérez tiene acetado y de nuevo azeta como prinzipal y Matías Colodro, vecino de Cabra, como su fiador y principal pagador, haciendo como hace de deuda y negocio ajeno suyo propio...
(siguen los términos legales usuales).

Francisco declara que se obliga a hacer la obra con las condiciones señaladas. Se confirma que el Obrero ha de dar las pilastras de piedra para la portada, como se ha acordado. El albañil recibe a cuenta 50 reales. En el mes de junio recibirá otros seiscientos reales. Luego irá recibiendo pagos conforme se vaya haciendo la obra.

Acabada la misma, se le han de haber pagado los doscientos ducados previstos, más el importe de las "lunbres" del tejado.

Se especifica que, si el albañil no cumpliere todas las condiciones, el obrero podría "ejecutar" la escritura, es decir, paralizar la obra y decidir su terminación a costa de Romo, sin necesidad de intervención judicial, buscando maestros de albañilería a su satisfacción.

El clérigo obliga los bienes de la dicha iglesia para responder de esta obligación. El albañil y su fiador también obligaron sus bienes. Siguen otros términos legales.
Intervienen como testigos Juan Luis de Tena, don Diego Ruano y Francisco Martín del Castillo, vecinos de Cabra.
Francisco Pérez Romo no sabe escribir, por lo que firma un testigo en su nombre. Firman Seto, Castillo y el escribano.
Vale la pena analizar ciertos detalles del documento.
Se trata de hacer todo el lateral del templo que da a la Plaza de San Juan (hoy conocida como de Santa María la Mayor), desde la casa de los Armenta ("la casa del Menta") hasta la esquina.

Se especifica que es desde la casa del licenciado Villarejo hasta la esquina.

El presbítero don Alonso Sánchez Villarejo había obtenido de don Luis de Medellín Palomino y Armenta, ausente de Cabra por estos años, el derecho a vivir en esta casa durante el resto de su vida.

Don Luis no tenía herederos directos y había criado en su casa al joven clérigo. De modo que, en su testamento, de 1669, le nombraba legatario usuario de la casa, que luego iba a pasar a un sobrino, don Lucas de Góngora y Armenta.

La construcción de la pared nueva es completa. Se harán unos cimientos de vara y media de ancho por dos de profundidad. El muro será de mampostería y tendrá una vara de ancho, con una verdugada o franja de ladrillo en el centro del muro, a lo largo de toda la pared.

En cuanto a la fachada principal, que también se ha levantar, se dice que se ha de hacer de ladrillo, con una cornisa y pilastras de piedra labrada en la puerta de entrada. La portada tendrá, por la parte de dentro, un arco de ladrillo.

El muro de mampostería consistía en piedras de tamaño y forma irregular, unidas con un mortero hecho de arena, cal y agua. Las proporciones de arena y cal dependían del uso que se iba a dar al mortero.

Son muy interesantes los detalles que se dan sobre la manera de preparar y mantener la mezcla o mortero para la obra, que ya se empezaba a llamar "hormigón".

También es curiosa la presencia de "lumbres" o zonas de iluminación en el tejado. Una especie de ventanas que permitían iluminar el templo desde arriba, con luz natural.

Al parecer el templo era, por entonces, de tres naves separadas por dos hileras de arcos sobre pilastras.

Pocos años después, hay que volver a hacer obras.

En el año 1690, Francisco Pérez Romo tiene que intervenir de nuevo. En las cuentas de Fábrica de ese año se indica que la techumbre amenazaba ruina y que ha habido que apuntalar "las arquerías".

En las cuentas de 1692 se dice que Francisco Pérez Romo ha levantado "el testero de la iglesia que da al campo y sitio llamado de los Carneros, sacándolo de cimientos, de mampostería con verdugadas de ladrillos, una portada de ladrillo y la pared correspondiente al huerto de la Santería". Es decir, se ha reedificado el resto de muros, salvo el del altar mayor, que linda directamente con la muralla. En ese tiempo era Obrero y Mayordomo el presbítero don Félix Francisco del Canto.

En esta situación llegamos al año 1697. Ha fallecido el licenciado Alonso Sánchez Villarejo y las monjas del recién fundado convento de agustinas recoletas necesitan una casa grande para vivir, mientras se terminan las obras del edificio que habían comprado a los herederos de don Luis de Aguilar y Eslava en la placeta de Juan Márquez.

Los fundadores del convento consiguen del obispo don Pedro de Salazar y Góngora la licencia para tomar posesión de la ermita de San Juan Bautista por las monjas durante ese periodo de transición.

Obtenida la licencia, las monjas presionan para conseguir el arrendamiento de la casa solariega de los Armenta, que está alquilada a varios vecinos.
La casa pertenece ahora a don Juan de Góngora y Armenta, que se opone, desde el principio, a que las monjas se establezcan en su casa, ante el temor de que la ocupación accidental de la misma se convirtiera en algo definitivo. Lo que conduce a un pleito.

En el pleito, que se conserva en el Archivo Provincial de Córdoba, se cita un primer poder de las monjas del convento del Corpus Christi de Granada al procurador egabrense Francisco Martín del Castillo para tomar posesión, en su nombre, de dicha casa. Se otorga en Granada, el día 20 de junio de 1697, ante el escribano Antonio de Jerez. También se indica que el Obispo de Córdoba les había cedido la iglesia de San Juan "en tanto que se labraba el convento en las casas del presbítero don Sebastián de Andía y Cuéllar", primer objetivo de los fundadores.

Como decíamos, la casa aneja a la ermita era ahora propiedad de don Juan de Góngora y Armenta, Canónigo Racionero de la catedral de Córdoba, que la tenía ahora arrendada a varios vecinos por la cantidad total de 215 reales anuales. La casa lindaba con la iglesia y con otra de los herederos de Gabriel Colodro. En el compromiso de arrendamiento, que el dueño insiste en no reconocer, se acuerda fijar la renta en 25 ducados anuales, es decir, más de lo que pagaban los vecinos en aquel momento y el compromiso de devolver, en su día, el edificio en las mismas condiciones en que se recibía. Así consta en un testimonio otorgado por el escribano Jacinto Lozano Carrillo el día 28 de abril de 1698. El arrendamiento se había realizado por mandato de una Provisión Real y se acordó que la primera paga se haría el día 28 de junio de 1698.

El dueño se niega a recibir el dinero y al cabo de un tiempo pretende iniciar un pleito, alegando que se le deben dos años y medio y que quiere que se anule el contrato. Lo único que consigue el litigante es una nueva Provisión Real, expedida en Granada el día 15 de marzo de 1700, que ordena ejecutar los bienes de Benito Gómez Seto, difunto, hermano y heredero de la fundadora, para pagar los 50 ducados que parecen deberse a don Juan de Góngora.

Las monjas piden a Francisco Pérez Romo, maestro de albañil, que valore las obras que han hecho en estas casas para hacerlas habitables. El técnico valora la reparación, el día 30 de agosto de 1700, en 898 reales y aclara que no se incluyen en ellos las obras específicas del convento. Es decir, bastante más de lo que importaban los alquileres de ese tiempo.

Las monjas habían tenido que hacer, además, varias reformas en la distribución de la casa para adaptarla a las necesidades conventuales. Una de ellas fue la de comunicar la casa con la ermita, para acceder directamente a la misma. Lo que lograron con la apertura de una puerta en la planta baja, que quedaba disimulada en la iglesia con un confesionario cercano al altar mayor.

Las monjas se marchan en el año 1707 y las cosas vuelven a su ser en la ermita de San Juan Bautista, pero poco tiempo pasa antes de que haya necesidad de nuevas obras en la ermita de San Juan.

El día 23 de septiembre de 1711, los hermanos de la cofradía de San Juan Bautista se dirigen al obispo para comunicarle que el templo está casi en ruinas y solicitan que se autorice su reedificación.

Según las Cuentas de Fábrica de ese año, el Obrero y Mayordomo había comprado 9.000 ladrillos, ocho columnas de piedra blanca y otros tantos capiteles y basas de piedra encarnada.

Pero la nueva obra de reedificación, por diversas razones, no sería una realidad hasta cinco años después, dirigida por el alarife Jerónimo de Priego. En 1716, queda constancia del derribo total del templo y su nueva construcción, desde los cimientos.

Pero el edificio iba a dar de nuevo muestras de debilidad al cabo de pocos años.

Los tejados amenazan ruina por el año 1730 y uno de los alarifes que van a intervenir es Juan Pérez Romo, hijo de Francisco, quien, desde hacía varios años, ocupaba el cargo de alarife del Concejo local, junto a Jerónimo de Priego. Se repara la techumbre y se inician los embovedamientos de la iglesia para entierro de los fieles.

El destino de este templo ha sido, desde el principio, luchar contra la fragilidad del terrero y la debilidad de los materiales empleados en sus numerosas reparaciones y reedificaciones.

Lo único que permanece hoy, en la estructura del templo, son las ocho columnas de piedra blanca colocadas en 1716 y el valioso camarín del Altar Mayor, obra del alarife Jerónimo de Priego, en el año 1742.

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