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La Purísima y los diáconos

07.12.19 - Escrito por: Demetrio Fernández

En nuestra diócesis de Córdoba es costumbre desde hace muchos años que los diáconos de cada año sean ordenados en la fiesta de la Inmaculada, el 8 de diciembre.

De esta manera, la gran fiesta de María la llena de gracia, la sin pecado, queda reduplicada por la alegría de estos jóvenes que reciben el sacramento del Orden en el grado de diáconos y que llenan de alegría y esperanza la diócesis de Córdoba que los acoge. Así también, cada año los sacerdotes de Córdoba celebran esta fecha aniversario de su ordenación diaconal, que no olvidarán en toda su vida.

María aparece de esta manera en el comienzo del adviento como la primera redimida, y redimida de manera excepcional. Porque Dios la eligió para ser la madre del Hijo eterno, Dios como su Padre, que se hace carne en la carne virginal de María. Ella fue librada de todo pecado antes de contraerlo o de cometerlo, incluso del pecado original. La redención que Jesús viene a traer para todos tiene su primer fruto excepcional en su madre bendita.

De esta manera, María ha sido repleta de la gracia divina desde el primer momento de su existencia. "Llena de gracia", la saluda el ángel de parte de Dios. Y más que llena, requetellena (kejaritomene). Sin ninguna sombra de pecado a lo largo de toda su vida. Y librada incluso del pecado original con el que todos nacemos. En ella el pecado no tuvo nunca morada. Todo su corazón fue para Dios siempre. Mirarla a ella da esperanza, porque lo recibido en ella es también para nosotros. "Concédenos, por su intercesión, llegar a ti limpios de todas nuestras culpas", pedimos en la oración de este día.

Los diáconos hacen pública ante Dios y ante la Iglesia su promesa de celibato. Es decir, su plena consagración a Dios. Por el celibato se consagran a Dios en castidad total para toda la vida, renunciando a constituir una familia propia, porque entregan a Dios su corazón, su presente y su futuro, su alma y su cuerpo, los afectos más íntimos. María inspira esta actitud y la sostiene en cada uno. Los sacerdotes son elegidos de entre aquellos que reconocen haber recibido de Dios el don del celibato. Son carismas diferentes, sacerdocio y celibato, pero están íntimamente relacionados desde la primera hora de la Iglesia.

Si el sacerdote hace presente a Jesucristo buen pastor en medio de su pueblo y al servicio del mismo, el celibato le permite al sacerdote vivir como vivió Jesús, que vivió virgen y célibe durante toda su vida para entregarse de lleno al servicio de los hermanos. Y junto al celibato, la obediencia. Jesús vivió colgado de la voluntad del Padre continuamente. "Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió" (Jn 4,34). El sacerdote prolonga esa actitud de Jesús, procurando cumplir la voluntad de Dios en la entrega por sus hermanos. En el diaconado se hace esta promesa de obediencia, poniendo las propias manos en manos del obispo, y prometiendo obediencia al obispo para toda la vida. María vivió en esta actitud de obediencia de la fe desde el fiat ante el ángel hasta el acompañamiento a su Hijo junto a la cruz, durante toda su vida.

Obediencia y celibato que conllevan una vida austera, sencilla, pobre, en donde brilla la humildad y sencillez de corazón, ponerse al nivel de la gente humilde, no mirar a nadie nunca desde arriba, sino mirarlos con actitud de amor servicial, que lleva a dar la vida.

Todas estas son virtudes y actitudes de María. Por eso, los diáconos de Córdoba viven con especial intensidad esa fiesta de la Purísima, porque en este día grande ella aparece luminosa, iluminando el horizonte del pueblo cristiano, iluminando la vida de los que se consagran a Dios, y renovando año tras año la generosidad de Dios, que hace generosos a los hombres. Oramos en este día por los nuevos diáconos. Ella los proteja siempre.

Recibid mi afecto y mi bendición:


Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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