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jueves, 16 de septiembre de 2021 - 18:46 h

Las cofradías y la vuelta al culto externo

Seguir a Jesucristo, cargando con la cruz

Rito y espacio del Vía Crucis. La ermita del Calvario de Cabra

19.06.21 - Escrito por: Antonio Ramón Jiménez Montes

El rezo y práctica ritual del Vía Crucis en el Calvario de Cabra configuran un entorno y un rito fijado en el imaginario cofrade de la ciudad y son objeto de este trabajo presentado en el I Congreso de la Red europea de celebraciones de Semana Santa y Pascua celebrado el pasado mes de marzo de 2021.

Rito y espacio del Vía Crucis. La Ermita del Calvario de Cabra.

Las creaciones culturales, fruto de los más variados motivos, tienen en la experiencia religiosa uno de los más destacados y se manifiestan en nuestros espacios cotidianos. En todas las épocas encontramos la complementariedad de lo sagrado y lo profano en ritos y escenarios que sobreviven a su tiempo, aunque necesitan ser interpretados. Por eso hemos de acercarnos a ellos para intentar descubrir el significado real o primigenio de esos espacios, pues a menudo pasamos por ellos sin sacar a la luz sus elementos sagrados. Así evitaremos que este carácter, citando a M. Eliade (Eliade, 2000) «sea por supuesto ignorado o esté camuflado o degradado» y deje de pasar inadvertido recobrando su propio significado.

El vía crucis y el calvario remiten a una tradición que tiene sus orígenes en la veneración a los hechos y lugares en los que tuvo lugar la primera Semana Santa de la Historia, allá en la Jerusalén terrenal. De varias maneras se ha llamado a lo largo del tiempo a este camino de la Cruz, estaciones, vía sacra o dolorosa, pasiones o camino del Calvario que tuvo en Córdoba, hace seis siglos, una de las primeras manifestaciones en Occidente, que han ido evolucionando para quedar fijado tal y como hoy lo celebramos.

La dificultad para realizar peregrinaciones a Jerusalén era manifiesta y en ese contexto de los primeros años del siglo XV dos frailes dominicos dos frailes dominicos Rodrigo de Valencia y Ávaro de Córdoba - el beato Álvaro de Córdoba, O.P., considerado santo en la tradición cordobesa que así lo llama, e introductor del Vía Crucis en España y Occidente en torno a 1420, creando un itinerario que recordaba el de la vía dolorosa - compran la Torre Berlanga en la Sierra de Córdoba, con intención de establecer un convento pionero de la reforma dominica en España. Han vuelto de su peregrinación a Tierra Santa en 1420, conociendo a fondo los Santos Lugares. Denominan al lugar Escalaceli y fray Álvaro de Córdoba, oriundo de Zamora, quiere recrear algunos de los lugares de la Pasión que había conocido en su viaje a Jerusalén. Con esta iniciativa se convierte en precursor en España y en Europa de una tradición dará lugar al Viacrucis (Resines, 2016).

El beato Álvaro de Córdoba recrea la vía sacra jerosolimitana que partía de la ciudad santa y, saliendo de los muros, llega hasta el Gólgota. Y así recrea en la sierra cordobesa varios de los lugares para traer hasta aquí Getsemaní, el arroyo Cedrón, la via calvarii o la cima de ese imaginario calvario donde coloca tres cruces. Con esta disposición y con distancias similares a las que hay en Jerusalén evoca el dominico su estancia en Palestina. Además, sitúa también unas representaciones con escenas de la Pasión.

Al recorrer estos lugares de la Sierra de Córdoba se va a poner en marcha el sentido del viacrucis que, con las evoluciones posteriores, tendrá unos rasgos que marcan tanto el sentido espiritual como su carácter procesional (Pradillo, 1996). Camino espiritual por cuanto evoca con la meditación, la reflexión, la oración o el silencio la Pasión de Cristo en un circuito penitencial de oración meditada. Procesional en tanto camino y espacio sagrado que, con el desplazamiento de un lugar a otro genera esa idea de parada, marcha, contemplación o canto que se materializa en las estaciones.

Y más que el orden de las escenas que se recorren e incluso su contenido, lo importante es que se inician las que podemos considerar señas distintivas que se irán consolidando con el tiempo en la celebración del ejercicio piadoso del viacrucis y que tienen en los calvarios del Barroco una de sus máximas expresiones:
1) Marcha o recorrido que se realiza de una estación a otra, espiritual o procesional.
2) Paradas que devienen en estaciones (del latín stare), en las que se está de pie haciendo un alto en el camino.
3) Escenas para la meditación que recuerdan el hecho, con independencia de que estén basadas en la tradición, en los Apócrifos o en el Nuevo Testamento, centradas en la Pasión. Siempre se recogen las tres caídas que intentan fijar la atención de un Jesús abatido en el camino de la Cruz.
4) En la recitación es común el uso de la jaculatoria «Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos que por tu santa cruz redimiste al mundo» que fue introducida por san Juan de Ávila y que se hace común desde el siglo XVI.

Estos elementos conforman el ejercicio de la vía dolorosa del que san Álvaro de Córdoba, como señala el padre dominico Álvaro Huerga en varias publicaciones, «trajo memoria y traza los pasos esenciales: esto es un recorrido devocional contemplando la Pasión de Cristo, practicando un viacrucis esencial deteniéndose en los pasos que creía más oportunos y sin determinarlos de manera fija».

Un viacrucis «en germen nada más» como diría el obispo Fray Albino pero que nos lleva a afirmar que fue en Córdoba, en Escalaceli donde se instauró el que podría considerarse primero del mundo, a semejanza del itinerario sagrado de Tierra Santa y como paisaje imaginario lleno de simbología para recrear la vieja Jerusalén, alcanzando su máxima difusión con los calvarios de la España del Barroco (Muñoz, 1996: 158):

[...] semejante sacralización del territorio periurbano y aún de la misma ciudad abundó extraordinariamente en la España del Barroco cuando, lo mismo que sus catedrales y parroquias se levantaban a imagen del Templo de Salomón, la erección de una Vía Dolorosa con las etapas de la Pasión del Señor, y de ermitas de la Soledad y del Santo Sepulcro junto al Calvario situado en un cerro o monte próximo a la villa, hacían definitivamente de ésta una Nueva Sión, una Jerusalén Reedificada.

Algunos modelos de finales del siglo XV como el caso de la beata Eustoquia, clarisa de Messina, en Italia; el del canónigo Alfonso Fernández Cuadrado en España (Zamora) o Adam Krafft por encargo de Martin Kerzel en Nüremberg (Alemania), se unen al cordobés de san Álvaro, conformando el inicio de esta tradición piadosa.

El progresivo avance de ese ejercicio o práctica devocional influye notoriamente en los ritos de la religiosidad popular y en la escenificación de la Pasión de Cristo. Además, para hacer aún más efectista la vivencia de este rito, se crean los sacromontes, humilladeros o calvarios que, como en el caso de Sevilla en 1482 con la Cruz del Campo o como en el nuestro de la ermita del Calvario de Cabra, de finales del siglo XVI, vienen a recrear el Gólgota en la propia ciudad o en cerros de proximidad a la población favoreciendo la peregrinación individual o colectiva. Además, se produce la inclusión visual del calvario en la vida cotidiana y su relación, imprescindible, con el rito del Vía Crucis al que sirve como escenario en los momentos que tiene lugar pero que recuerda a ambos el resto del año. Así Calvario y Vía Crucis, arquitectura y rito, - «espacio para una función, ambos colectivos» (Arnau, 2014) - remiten al origen que tienen para permitir que los fieles hagan el recorrido por la vía sacra sin la peregrinación a los Santos Lugares, que cada vez era más difícil.

Hay otros elementos que intentan recrear la Vía Dolorosa y así, a imagen de mapa que sitúa los lugares y las escenas de esta práctica piadosa - como el dibujado a finales del siglo XVI por el holandés Christianus Crucius Adrichomius - recreando los 1322 pasos que, según la tradición, anduvo Jesús en su camino al Calvario y que se ubican en su viacrucis. Un mapa que nos da detalle de la ciudad santa y también de algunas escenas bíblicas junto a las de la Pasión y se conforma como una guía visual del Vía Crucis hasta bien entrado el siglo XIX. No podemos tampoco olvidar la producción bibliográfica que a partir del siglo XVI tiene lugar tras los viajes a Tierra Santa - objeto de una exposición celebrada en Madrid en 2017-2018 en la Biblioteca Nacional de España-, un fenómeno que «en tiempos tan difíciles constituía una proeza, épica y devota a la vez, debió de servir para alimentar el imaginario de la recuperación de los santos lugares» (De Lama, 2017:21).

La evolución del Vía Crucis, suficientemente estudiada, hace que con el paso del tiempo se llegue a las catorce estaciones que añade en el s. XVI, el carmelita Jan Pascha, un itinerario que se va haciendo popular en España y que, con el impulso de la jerarquía se consolida en la cristiandad. Cuando el 1686 el papa Inocencio XI se da cuenta que las indulgencias por peregrinar a Jerusalén son cada vez menos lucradas por las dificultades de un viaje así en la época, atiende la petición de los franciscanos y les concede que se puedan erigir viacrucis en los templos de la orden de San Francisco. En 1742 el papa Benedicto XIV exhorta a todos los sacerdotes para que coloquen viacrucis y empieza a ser común verlos en el interior de los templos lucrando indulgencias con esta práctica piadosa. No será la única actuación del papado pues a lo largo de los siguientes pontificados se dictan medidas que van a expandir notablemente la presencia habitual de los viacrucis no solo en los templos franciscanos sino en todas las iglesias. No son ajenas tampoco las influencias de predicadores como San Alfonso María de Ligorio en Italia o Fray Diego José de Cádiz en España que, en sus misiones por Andalucía, fue uno de los grandes divulgadores de la tradición del Vía Crucis.

En el año 1991 el papa san Juan Pablo II creó un nuevo viacrucis que dio a conocer a todo el mundo y que se rezó por vez primera en el Coliseo el Viernes Santo. Un viacrucis que no suple el tradicional, sino que lo complementa y que lo mismo que hay varias plegarias en la celebración eucarística, es otra posibilidad para el ejercicio del Vía Crucis. El texto recoge escenas narradas en los Evangelios, respondiendo a la reforma litúrgica del Vaticano II y junto a las nuevas catorce estaciones que propuso incorpora también una décimo quinta, con la Resurrección (Pardo, 1992).

Como para aquellos devotos del siglo XV que no podían ir a Tierra Santa, en la Semana Santa de 2020 y 2021 en las que la pandemia ha impedido que puedan celebrarse actos externos y procesiones en la calle, el Vía Crucis se considera buen aliado recorrer la Pasión, Muerte y Resurrección que se conmemora. San Álvaro puso los cimientos, el pueblo hizo suyo este ejercicio piadoso y la tradición lo mantiene hasta nuestros días.

En algunas cofradías, que son las que tradicionalmente junto a parroquias y comunidades religiosas mantienen en Cuaresma este ejercicio piadoso, se recomienda el recorrido espiritual por el Vía Crucis como alternativa a no celebrarse de manera exterior. Y así se invita a realizar aquello que enseñaba san Juan de Ávila en su Audi Filia sobre el modo de meditar la Pasión, buscando un lugar recogido, un rato antes que amanezca y con atención «pensad en aquel que tomó sobre sí vuestras miserias y pagó por vuestros pecados por daros a vos libertad y descanso» (Ávila, 2000)

El Vía Crucis, el camino del Calvario y las imágenes de la Pasión a ellos asociadas son uno de los elementos tradicionales en la Religiosidad Popular de nuestros pueblos. Cabra se incluye entre uno de los primeros en contar con un Calvario y realizar, junto a la veneración de las imágenes del Crucificado o del Nazareno, esta práctica penitencial llena de una teatralidad que fácilmente calaba en la población. Y así, desde aquellos orígenes en la Córdoba que imitaba a Jerusalén en la segunda década del siglo XV y que, con el impulso del Barroco, se ha convertido en uno de los elementos centrales de las celebraciones de Cuaresma y Semana Santa. Porque fue en aquella España del siglo XVII cuando se consolida el modelo al que prestan espacio y rito los viacrucis y los calvarios, contextualizando devoción y rituales, haciendo posible que en el «imaginario colectivo español», todo se llenara de un nuevo realismo artístico (Bray, 2010):

[...] con el fin de lograr que la imagen sagrada resultase lo más real y cercana posible. Este tipo de realismo no se parecía en nada a cualquiera de los que estaban surgiendo en otros países europeos. El de España era descarnado, crudo, austero y a menudo sangriento, cuya intención era sacudir, perturbar los sentidos y conmover el alma.

Estamos pues ante dos elementos que constituyen una seña de identidad no solo de las cofradías sino de poblaciones como Cabra, donde la Cuaresma y la Semana Santa tiene un destacado protagonismo popular (Jiménez, 2017). Calvario y Vía Crucis son lugar y ritual integrados por la práctica de las devociones piadosas surgidas en momentos de grandes calamidades en los siglos XIV y XV, que transformaron la psicología colectiva y dan paso a una mentalidad que acentuará el sentido de lo trágico en el culto a la Pasión de Cristo y en las manifestaciones de la Religiosidad Popular. (Sánchez, 1987:30-31)

LA ERMITA DEL CALVARIO DE CABRA

La introducción de nuevas prácticas cuaresmales en Cabra con la fundación de una nueva cofradía en el siglo XVI o la construcción de la ermita en el Monte Calvario en los inicios del siglo XVII, tratándose de uno de los calvarios más antiguos de Córdoba, nos lleva a dar a conocer en el contexto previo que hemos descrito, la ermita del Calvario de Cabra. El hecho de dar este nombre al monte en que se construye la ermita, novedosa aportación que supuso en aquel momento, responde claramente a la idea de sacralizar los espacios, pero, en el caso que nos ocupa, sobre todo a identificarlo con el lugar donde Jesucristo fue crucificado, y una vez muerto, descendido de la Cruz (Buleo, 2017:79):

Los cuatro evangelios sitúan la crucifixión de Jesús en un lugar llamado la Calavera, significado de la palabra "Golgotha", del arameo "Goulgoultha" y que al latín fue traducida como "Calvaria". Según los evangelistas , el Calvario estaba fuera de la ciudad, pero no lejos, en un lugar donde la gente acostumbraba a pasar y el cual, seguramente, llevaba a una de las puertas de Jerusalén. Sin embargo, tras la construcción de la tercera muralla de la ciudad, bajo la orden de Herodes Agripa entre los años 41 y el 44, el Gólgota quedó incluido dentro de la ciudad.

Las primeras referencias que tenemos a una ermita del Calvario en Cabra se sitúan en los años siguientes a la fundación de la Cofradía del Santo Calvario que tiene lugar en 1587 (Moreno, 1986:43). Así podemos verlo en los libros de actas de la archicofradía del Nazareno junto a la que se funda la del Santo Calvario y que luego se unirán en un sola. Las constituciones de la cofradía nos indican que el objetivo principal de la fundación de la hermandad del Calvario, con la imagen articulada del Crucificado, era realizar la escena del Desenclavamiento y Entierro de Cristo en la tarde noche del Viernes Santo en el monte Calvario de Cabra y en la primitiva ermita levantada en 1589. Como señala Arnau «en la teología cristiana el sentido de lo sacro se halla humanizado como en ninguna otra» (Arnau, 2014).

No es de extrañar tampoco la presencia de los calvarios en la provincia de Córdoba, que podríamos considerar una seña de identidad de nuestras poblaciones, cuyo origen habría que relacionar con la presencia del primer viacrucis que, como hemos comentado, san Álvaro de Córdoba establece en la Sierra Morena cordobesa hacia 1423.

La ermita del Calvario de Cabra es una de las más antiguas de toda la provincia de Córdoba que se mantienen en pie en la actualidad (Rodríguez, 2015). Junto a la de Priego de Córdoba, también de finales del siglo XVI, cuentan con una gran identificación en sus respectivas poblaciones, aunque, como veremos, con distintas trayectorias en lo patrimonial y también en cuanto a las celebraciones que tienen lugar en ellos. Mientras que en Priego de Córdoba sigue concentrando el momento principal y quizá más significativo de la Semana Santa, en Cabra ha quedado relegada a un espacio con reminiscencias celebrativas de gran calado pero que, actualmente, se limitan al tiempo de Cuaresma cuando, en el sábado de la semana de Pasión (previo al domingo del pregón) tiene lugar un acto de veneración a la imagen del Cristo del Calvario que termina, al caer la tarde, con un traslado de la imagen y rezo del Vía Crucis que finaliza en la actual sede de la hermandad, la antigua Iglesia de la Soledad y parroquia de los Remedios.

Al ser la primera referencia que tenemos el año de 1589 e incluso la reedificación de 1619, anteriores a la presencia de los franciscanos en Cabra - que llegan en 1635-, no podemos vincular el origen del Calvario con la presencia de esta orden en la población. Desde 1550 se había establecido el convento de los padres Dominicos en Cabra, en el extinguido convento de la Concepción de la Orden de Predicadores, lo que podría llevarnos a pensar que, en la construcción del Calvario de Cabra, hubieran podido influir las predicaciones de los frailes albinegros y la influencia en ellos del también dominico san Álvaro de Córdoba.
Otro de los conventos que se había levantado en Cabra a finales del siglo XVI, fue el desaparecido de la Orden de los Mínimos de san Francisco de Paula, aunque es del mismo año que las primeras noticias que tenemos del Calvario, 1589. Por otro lado, la cofradía del Nazareno estaba erigida en la ermita de san Martín desde 1586, a la que, en 1601, se une un nuevo monasterio, esta vez de monjas dominicas que a partir de ese año y hasta la desamortización compartirán sede con los cofrades del Nazareno y Calvario (Moreno, 1999)

No podemos dejar de señalar el contexto socio religioso en que se desarrollan este tipo de actitudes, fruto de la mentalidad de la época. Es una característica de la sociedad del Barroco con respecto a la vida que tiene «una mentalidad totalmente eclesiástica, es casi una vuelta al dominio teológico de la Edad Media» (Calvo, 1979:99)

En torno a esas fechas tenemos pues las primeras referencias al Calvario de Cabra que años más tarde, en 1619, es objeto de ampliación y reconstrucción como se indica en la lápida que encontramos sobre el dintel de la puerta, siendo hermano mayor Félix Benito Ruiz de Vargas que la costea.

Todo apunta a que, este monte muy cercano a la población a imitación del Gólgota jerosolimitano, en una colina a 519 metros de altitud y al que se llama Calvario para identificarlo con los lugares que la tradición cristiana recuerda como escenarios de la Pasión, contó con un itinerario a modo de viacrucis desde los primeros años del siglo XVI.

De la documentación existente en cuanto a la forma de celebrarse la procesión del Viernes Santo en Cabra (Moreno, 1986), podemos deducir que el inicio de las estaciones podría estar en la primitiva ermita de San Martín donde residía la archicofradía de los nazarenos para culminar en la cima del Calvario. Luego, tras el Desenclavamiento o descendimiento tendría lugar el regreso, ya como procesión del Santo Entierro, que se iniciaba en la ermita del Calvario a las seis de la tarde para terminar en el convento de las Cinco Llagas, de las Dominicas, donde estaba la capilla de la Archicofradía de Jesús Nazareno y Santo Sepulcro.

La distancia entre ambos lugares podría cubrir un itinerario similar al que se pretendió establecer de los 1322 pasos que recorrió Jesús en la Vía Sacra.
En este Vía Crucis, la décimo segunda estación está representada muy próxima a la propia ermita del Calvario, meta final y última estación. La representación es común en otros calvarios y encontramos las tres cruces que simbolizan las del Buen y Mal Ladrón que según la tradición cristiana fueron crucificados a un lado y a otro de la Cruz de Cristo. En la base de la cruz central, más grande que las laterales, constan dos inscripciones que señalan que se hicieron (o renovaron) a finales del siglo XVIII, gracias a la iniciativa y patrocinio de varios hermanos de la cofradía del Santo Calvario: "Esta cruz se puso a devoción de D. Lorenzo Rivero, presbítero, y las obras a devoción de D. Francisco María Galiano. Año de 1781"

En un inventario de 1812 también encontramos referencias a todos estos elementos que configuran una constante desde el siglo XVI y que, hasta el siglo XIX se mantuvieron de forma más o menos similar.

La crisis del siglo XIX, tras la desamortización de bienes, y las dificultades de las cofradías para sostenerse, provocaron un decaimiento de las tradiciones en torno al Calvario, sin embargo, tanto las imágenes como el rezo del Vía Crucis se mantuvieron hasta que, bien entrado el siglo XX, se comienza de nuevo a realizar el traslado del antiguo Sepulcro o la costumbre de subir los viernes al Calvario, siempre rezando un Vía Crucis y finalmente, ya en la década de los 80, la reorganización de la Hermandad del Calvario (Guzmán, 2012) que recupera la herencia de aquella primitiva hermandad fundada a finales del siglo XVII aunque con estructura y organización distinta dentro del esquema de la Semana Santa de Cabra de finales del silgo XX.

Actualmente se conserva el viacrucis que fue renovado en torno a la segunda mitad del pasado siglo y que comienza en la base de la colina del monte Calvario para terminar en la propia ermita. Cada una de las estaciones está señalada con unas cruces encaladas sobre una base de columna, además de las tres cruces a que nos hemos referido en la estación decimosegunda y que prácticamente sirve de aviso para el final de este itinerario piadoso, en la cercana ermita y cima del Calvario que lleva a cabo la cofradía homónima entre sus actos cuaresmales de cada año.

CONCLUSIONES

Tanto en los orígenes de esta tradición como en el actual desarrollo de esta hay unas constantes que ponen de manifiesto la importancia de lo sagrado y del rito en la vida del ser religioso. Así lo entiende M. Eliade, ya que se trata de un revivir en el tiempo profano aquello que se celebra en un tiempo sagrado, especialmente en nuestro caso, con manifestaciones que las cofradías penitenciales llevan a cabo en relación y durante la Cuaresma y la Semana Santa (Eliade, 1973:25-28):

Al igual que una iglesia constituye una ruptura de nivel dentro del espacio profano de una ciudad moderna, el servicio religioso que se celebra en el interior de su recinto señala una ruptura en la duración temporal profana: ya no es el tiempo histórico actual lo que en ella está presente, ese tiempo que se vive, por ejemplo, en las calles y las casas vecinas, sino el tiempo en el que se desarrolló la existencia histórica de Jesucristo, el tiempo santificado por su predicación, por su pasión, su muerte y su resurrección.

Es interesante también señalar el aspecto de procesión o peregrinar, caminar con otros, que se realiza por la cofradía en el ejercicio piadoso del Vía Crucis, pues «que todo esto suceda en Cuaresma tiene una intención pedagógica para subrayar el carácter de tránsito y de camino penitencial hacia la Pascua» (Aldazábal, 1994: 207). Y también habría que indicar que lo mismo las procesiones que estos ejercicios piadosos constituyen en sí mismos una meta, puesto que en su desarrollo está el objeto y fin que da sentido a las cofradías y que supone un camino a recorrer para los propios cofrades.

Añadimos en estas conclusiones que se trata de una expresión de lo religioso que ha trascendido ese ámbito, impregnando así la cultura popular. El carácter genuino de las manifestaciones de la Religiosidad Popular influye, no sólo en los grupos que desarrollan estas actividades, como son las cofradías, sino también en los que asisten como meros espectadores. Hay una «estructura de la conciencia humana basada en la relación con lo sagrado. No se trata de un estadio más de la humanidad, sino de un constituyente de la conciencia humana» (Vilar, 2013:26)

Igualmente concluimos que la ermita del Calvario cobra entidad por sí misma, configurando un entorno fijado en el imaginario cofrade de la ciudad desde sus orígenes en el siglo XVI. Unido a su importancia en la Religiosidad Popular, constituye en espacio identificador en las afueras de la población, donde el sentido de peregrinación se convierte también en un acto popular de caminar hacia un enclave natural de singular significación histórica en paralelo a las creencias o vínculos cofrades.

Que se mantengan la ermita del Calvario en Cabra y su cofradía que lleva a cabo el ejercicio del Vía Crucis después de casi cuatro siglos y medio, pone de manifiesto la importancia de unas tradiciones que, con sus altibajos, se han mantenido en unas estructuras sociales fuertemente asentadas en el aparato religioso. Las cofradías son piezas claves para su conservación y evolución, estando muy imbricadas en el tejido social egabrense.

Precisamente esta evolución supone - como afirman los propios cofrades - una muestra de vitalidad y adaptación a las circunstancias, permitiendo la comprensión de lo religioso en cuanto a formas y desarrollo que, gracias a los ritos y a los espacios, se constituye también como elemento central de la cultura de nuestros pueblos, con repercusión en diversos ámbitos de la población.

Las actitudes en la forma de ser y de comportarnos han conformado unas señas de identidad inequívocas que las hacen peculiares, dando lugar a unas connotaciones especiales muestra del ser egabrense en sus fiestas, en sus costumbres, en su vida cotidiana (Jiménez, 1999: 223)

Las cofradías se configuran como elementos vertebradores de la confluencia de lo sagrado y lo profano en medio de las actividades cotidianas de una
población como Cabra, siendo exponente de la importancia de este colectivo religioso y social en el que tantas personas participan.

Acción y representación son elementos clave en este fenómeno de los viacrucis, y por supuesto de las procesiones y demás actividades de las cofradías. Y sirven para escenificar el itinerario pasionista al que dan cobertura las propias hermandades y cofradías con su puesta en escena y desarrollo, con un importante reflejo de la vivencia de la fe a través de la Religiosidad o Piedad popular.

El origen y la esencia religiosa subyace en todas estas manifestaciones que no pueden prescindir de lo celebrativo en sus actividades de culto popular internas y externas, en las que participan numerosas personas. Todo ello sin menoscabo de la destacada presencia que tienen en el calendario de fiestas locales, entre las que la Semana Santa de Cabra constituye una de las más importantes y seguidas, sino la que más.

BIBLIOGRAFÍA
Aldazábal, J. (1994), Gestos y símbolos, Barcelona, P.C.L.
Arnau Amo, J. (2014) "El espacio, la luz y lo santo. La arquitectura del templo cristiano", disponible en https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/45814/1/El-espacio-la-luz-y-lo-santo-La-arquitectura-del-templo-cristiano.pdf (fecha de consulta 17/02/2021)
Ávila, J. de (2000), "Modo de imitar la Pasión", en Obras Completas Vol. I., Madrid, BAC, p. 460
Bray, X. (2010), Lo sagrado hecho real: Pintura y escultura española 1600-1700, Madrid, Ministerio de Cultura.
Buleo Espada, MI. (2017). El vía crucis tradicional. Revisión histórico-artística sobre el origen y evolución de las catorce estaciones de la Cruz. Repercusión iconográfica en los temas de la Pasión, disponible en http://hdl.handle.net/10251/90543, (fecha de consulta: 17/02/2021)
Calvo Poyato, J. (1979), La villa de Cabra en la crisis del siglo XVII. Premio Juan Valera 1978, Cabra, Ayuntamiento.
De Lama de la Cruz, V. (2017), Urbs Beata Hierusalem. Los viajes a Tierra Santa en los siglos XVI y XVII, Madrid, Ministerio de Cultura / Biblioteca Nacional, disponible en http://www.bne.es/export/sites/BNWEB1/webdocs/LaBNE/Publicaciones/catalogo-urbs-beata-hierusalem.pdf (fecha de consulta 16/02/2021)
Eliade, M. (1973), Lo sagrado y lo profano, Madrid, Guadarrama.
Eliade, M. (2000), La Búsqueda. Historia y sentido de las religiones, Barcelona, Kairós.
Guzmán Moral, S. (2012), 425 años de Calvario en Cabra (1587-2012), en La Opinión de Cabra, disponible en http://www.laopiniondecabra.com/ampliar.php?sec=especiales

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